hay crisisUn grupo de sacerdotes asturianos celebramos el jueves, 24 de mayo, nuestras Bodas de Oro y Plata. Algunos han fallecido, otros han cambiado su servicio en la Iglesia y en el mundo y, otros más, nos reunimos para elevar al cielo nuestra acción de gracias más emotiva y feliz. ¿Quién puede ser sacerdote y perseverar en el ministerio sin una especialísima gracia de Dios? Alguien ha escrito que un “sacerdote es un milagro diario de la gracia” y doy fe que así es.

Nunca había pensado en ser sacerdote. Me sentía llamado a formar una familia y tener una profesión en este mundo. Con diecinueve años entré a formar parte en el Instituto Carreño Miranda de un grupo apostólico, “La Legión de María”, con el compromiso de dedicar dos horas a la semana a los demás: catequesis, visita de enfermos. En una campaña de visita a las parroquias visité la de san Cipriano de Pillarno y hablé de la vocación laical a transformar el mundo. El párroco, don Porfirio, me dijo al terminar: “Montoto, ¿pensaste alguna vez en ser sacerdote?”. “Pues no”, le dije. “¿Y lo vas a pensar?” ”Creo que no, respondí”. Sin embargo, sí que lo pensé. “Si dos horas a la semana me hacían feliz por dedicar mi tiempo a los demás, ¿qué sería si dedicaba toda la vida”. Dios me enganchó por lo feliz que uno se siente cuando se olvida de sí y se dedica a cuidar a los demás. Al terminar PREU me fui al Seminario de Oviedo. Ocho años de formación, estudio y cultivo de la experiencia de fe. Compañeros, formadores, profesores y amigos, toda una familia donde aprendes a vivir como hermano y formas en tu corazón el estilo del buen Pastor, Jesucristo.

Empecé en Avilés en san Nicolás de Bari. Recuerdo de modo especial la Misa de jóvenes de las nueve de la noche de los sábados con más de ochocientos participantes. Formador en el Seminario, consiliario de los jóvenes estudiantes católicos, secretario del Consejo Presbiteral, estudiante de teología en Roma, profesor de cristología y mariología, vicario episcopal de Oriente, rector del Seminario, vicario episcopal del Norte, párroco de santo Tomás de Avilés y, en la actualidad, delegado episcopal del clero y director de la Casa sacerdotal. Y, además, feliz por el servicio que me han encargado. Y así han pasado ya cincuenta años. Han pasado muy rápidamente y no quiero dejar a un lado lo recibido por mi familia, el cariño y cuidados de mis padres y hermanos que me han enseñado a estar abierto a los demás y a saber servir sin quejarme.

Cada uno de los que celebramos las Bodas de Oro y Plata tiene su historia de amor con el Señor Jesús y con las personas que nos han confiado. La mía es de especial agradecimiento. Al Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la Madre Iglesia, a los obispos y compañeros que me han acompañado estos años, a los consagrados y consagradas y, de modo especial, a los fieles laicos: del Movimiento de Cursillos, de Encuentro Matrimonial, catequistas, pastoral de enfermos, de la cárcel, liturgia, misiones, Cáritas, profesores del colegio santo Tomás, del Seminario, del santuario de Covadonga, Encuentros de Jóvenes…. Cientos y miles de personas a las que tuve ocasión de conocer, acompañar, perdonar y atender desde mi representación de Cristo, pastor y esposo de la Iglesia.

También quiero pedir perdón, porque no siempre aciertas con la palabra justa, la escucha atenta, el servicio personalizado a quienes buscan en uno una palabra de aliento y de consuelo, una ayuda liberadora, una compañía afectuosa y cordial. Vivo en una Iglesia de hermanos y hermanas que saben perdonar y disculpar. Por eso me confío a vuestra comprensión y misericordia.

Rezad por nosotros, los que celebramos las Bodas de Oro y Plata, para que estemos a la altura de los que el Señor y el pueblo fiel espera de sus sacerdotes.

                                                                                       José Antonio González Montoto